De barba blanca
Ayer le vi de nuevo, con su cigarrillo entre los dedos, su barba blanca recortada, su sombrero negro de fieltro, ayer me vi de nuevo entre la niebla y el humo que abarrota el tugurio donde pasas tus largas horas de marcha, me vi tendiendo mis manos hacia alguna barca fondeada en el embarcadero, tu sortija de plata blanca adornando tus cuidados dedos, recuerdos de tiempos pasados, cuando el amor ocupaba tu universo, me vi mirando el pasado, vacío, como el presente, como el futuro, lleno de humo de cigarrillos con sabor a olvido, a abandono, a una vida de bohemio más vagabundo que libre, más errante que independiente, más abandonado que soberano de su propio destino, más manso que asilvestrado, menos bohemio, más fraile de convento que pasase sus horas enteras entre rezos, repitiendo letanías en horas llenas de tedio. Os vi en la barra de un bar, solitario, reclamando una mirada que nunca llega de ningún lado, triste y callado, abandonado.
Un Euro por vuestros pensamientos.
Me senté a su lado, le puse la mano sobre el hombro, no se molestó, al fin y al fallo, era yo, le pedí que me contase un cuento, dos cuentos, mil cuentos, me miró con sus ojos rojos de borrachín pedigüeño y me dijo que estaba gueno, a cambio de un tinto, de un paquete de cigarrillos y de un bocadillo.
Seis euros no son mucho por unos pensamientos.
Mi ilustrado barbudo tejía con sus palabras alfombras llenas de trazos horizontales y verticales que no conducían a ninguna parte, a su laberinto personal de tardes regadas de tinto y tiempo por delante, de nada emocionante, de caminos conocidos y sendas recorridas sin tino, sin destino, sin talante, un maquiavélico personaje que saliese a la calle maquillado de don nadie, un fulano sin pandilla, un actor de pantomima, un panoli de la escena de la vida.
Le miraba a los ojos y me veía, sanguijuela de teatros abandonados, sanguinario de operetas de tres al cuarto, el rey de los urinarios y de la estrofa manchada con olor a resabios.
Hablaba masticando, rimbombante en su higiene de migas de pan rodando sobre su barba blanca y poblada, un entramado de patrañas contadas al tun tun, sin fundamento, sin cimientos, sobre crímenes y vejaciones, sobre ladrones, sobre violentos, sobre sangre y vísceras, sobre asesinos alevosos y muertos que salen de las tumbas del cementerio, y lo gracioso, es que creía impresionarme, y me miraba de reojo, esperándome ver temblar, sorprendido, asustado, con miedo, qué se yo, y me dio pena, porque sus cuentos apenas valdrían un céntimos, artificiales y fingidos, sintéticos, pintura carcomida sobre vetustas ventanas sin gozne que las soporte.
Los miedos de un viejo.
Mis miedos.
Cuando salimos del bar, tan sólo uno caminaba. El otro había muerto.
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